20 poemas para construir una casa (2017).

Von Düben, Alejandro.

México: FOEM

Cuando hace cosa de 9 años, encontré a Von Düben, un sábado por la tarde, a la orilla de la carretera, yo no sospechaba que hoy estaríamos hablando de uno de sus libros. Cuando lo vi en aquel remoto 2009, en el kilómetro cuarenta, donde antes estaba la caseta de cobro de la autopista que viene de Ciudad Guzmán a Guadalajara, yo no sabía, que se iba a convertir en escritor, el escritor que él mismo ha ido construyendo como se construye una casa, una casa de las de verdad, de las que se construyen con poemas.

Cuando en aquella tarde de sábado lo vi con su mochila, haciendo la señal de raite, como un anacrónico Bob Dylan, que en pleno siglo XXI venía no por la carretera 61, sino por la de Zapotlán el Grande, yo supuse que él iba a su natal Ajijic, que quizás esperase un aventón a Jocotepec o a Chapala. Cuando lo vi yo sabía que mi raite no le serviría porque yo me dirigía hacia Guadalajara, pero me detuve porque quería saludarlo. Había sido mi alumno de Poesía en Taller. Recuerdo que él se sorprendió porque no espera que yo fuera el anónimo conductor que lo llevaría, pero luego el sorprendido fui yo porque subió a mi auto, entonces comprendí que él en realidad iba a cualquier parte, que lo que le importaba era el viaje no el destino. En aquella ocasión hablamos de libros y de poetas, seguramente también de músicos y cantantes. No recuerdo donde bajó del coche, sólo en donde subió, y quizás eso sea un símbolo y por eso es que lo recuerdo.

            En aquella ocasión yo ya sabía que él había preferido, decidido, no estudiar Letras Hispánicas en Guadalajara sino en Zapotlán, también sabía que de inmediato el Doctor Vicente Preciado Zacarías lo identificó, y se refería a él como nuestro alumno sueco. Sabía que le gustaban los poetas arriesgados, que su genealogía se afiliaba con los decadentistas, que era fanático de Bob Dylan, Leonard Cohen y Tom Waits. Todavía no sabía que íbamos a compartir a lo largo de los años un buen número de lecturas, a descubrir ciertos autores más o menos secretos, que compartiríamos la pasión por el futbol, y muchos amigos, y que yo sería su tutor de alguna de las becas de escritura que iba a ganar.

En ese momento no sospechaba que Alejandro von Düben obtendría varios premios literarios, los Juegos Florales de Zapotlán el Grande, el Alfredo Velasco Cisneros de cuento en la misma ciudad, y más tarde los Juegos Florales Nacionales Francisco González León de Lagos de Moreno, y que derivado de ellos su poema “Poética de la infancia”, aparecería en La cristalina superficie de silencio. Muestra de los Juegos Florales de Zapotlán el Grande, que su libro Dar a luz sería editado por Serpiente de Papel en Ciudad Guzmán y Los poemas de la noche insomne por la Editorial Puertabierta en Colima.

Tampoco sabía que se iba a enamorar de una bella chica de Zapotlán, ni que asistiría a mis talleres literarios ni que se convertiría en un Náufrago de la Palabra, y que cada vez parecería más y más un licántropo de ciudad, ni que lo iba a ver batallando contra una extraña enfermedad de juventud, ni que íbamos a festejar como hinchas el Nobel para Bob Dylan, ni que iba leer sus textos cada vez con más gusto, cada vez con más respecto, cada vez con más admiración,.

Claro que debí sospechar que se convertiría, tarde o temprano, en un escritor porque a leguas se notaba su pasión por los libros, por la lectura y la escritura, por todo fenómeno estético. Por su incansable búsqueda de voces literarias, musicales, cinematográficas, porque para él la literatura es una forma de vida; debí sospecharlo cuando corregía sus textos con la ecuanimidad rebelde que lo caracteriza. Por su actitud de niño que ve las cosas por primera vez y las hace suyas, y las incorpora a su literatura: las graves y desgarradoras que aparecen en  Dar a la luz: y  las más lúdicas y luminosas de 20 poemas para construir una casa, que como sabemos ha ganado el Certamen Internacional de Poesía Infantil y Juvenil FOEM, en la categoría de poesía.

Esta también es una tarde sábado y nos volvemos a encontrar en una carretera, al lado del camino, a la orilla de esta autopista 61, que es la FIL de Guadalajara. Alejandro von Düben nos invita a su nueva casa, esa que ha venido construyendo con poemas, poemas como alumbrado público en la noche, como abiertas ventanas que dan de respirar a la casa, como un sueño habitado con los ojos abiertos. Una casa con habitantes que me recuerdan a los objetos de Palinuro de México. Una estufa que se come los pasteles, una tele que ve la programación por la ventana, un excusado que balbucea y tiene mal aliento, una ventana que se quedó ciega, una cama que duerme todo el tiempo. Hay instrucciones, un árbol de libros, una mascota castigada y un espejo que dibuja palabras.

Veo con claridad esa tarde de 2009, por la antigua caseta del kilómetro 40, en Acatlán. Un joven, jovencísimo, delgado, delgadísimo, con el pelo largo y encarrujado, encarrujadísimo, está pidiendo raite. Es Alejandro von Düben, lo reconozco. En ese momento yo no sé ni sospecho que en su mente ya se gesta su obra, y que quizás ya está el germen de esta casa que hoy nos convoca. Detengo mi pequeño, pequeñísimo automóvil, un matiz color naranja como sacado de un libro infantil ilustrado, pariente cercano del que aparece en la página 40 de 20 poemas para construir una casa. En el asiento trasero de mi coche de juguete viaja Alejandro von Düben, que ya está maquinando su obra, como una casa que se construye.

(Ricardo Sigala)

(Texto leído en la presentación de 20 poemas para construir una casa en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, 2018).