Dríades (2018)

Cristina Preciado

México: CUSur

Dríades de Cristina Preciado es un libro sui generis. Estrictamente es un poemario, pero su estructura resulta por demás llamativa, consta de un ensayo, nueve poemas y diez pinturas. Todos los textos, así como la imágenes, giran en torno a temas femeninos, ninfas, nos sugiere el título, y además se encuentran hermanados por una relación literaria, mitológica, o bien, por el sistema semántico poético que va generando el propio texto. 

    Quizás en lo primero que haya que detenerse es en el título. Dríades es un término para designar a ciertas ninfas del bosque, de las aguas o de los árboles, los autores las suelen presentar como recién casadas o casaderas, como casi niñas de tan jóvenes pero a la vez longevas. Cristina Preciado hace uso de estos personajes no sólo por su tradición literaria y pictórica, y por su condición semántica de jovialidad sensual, sino además por el carácter sumamente impreciso de su definición, ¿son ninfas del bosque, de las aguas, de los árboles?, ¿están recién casadas, o en condiciones de casarse? ¿son en extremo jóvenes o ancianas? Dicha incertidumbre genera, en los textos de Cristina Preciado, una gran posibilidad de variaciones y de rupturas con ciertos tópicos literarios y mitológicos, además de que le permite recurrir constantemente a la paradoja y al oxímoron en la construcción de sus imágenes poéticas.

    Cada uno de los diez apartados de Dríades es antecedido por una imagen, misma que se incorporar al texto de manera poco convencional pero muy convincente. Por ejemplo, el ensayo que abre el volumen, “De Ofelia y el agua”, aparentemente no tendría nada que ver con la imagen que le ha sido asignada, la “Madonna” de Edvard Munch, sin embargo el tratamiento que se hace en el texto, el agua como origen amniótico y a la vez como “la muerte más dulce”, lleva inevitablemente al concepto de la madre-madonna en convivencia con la Ofelia shakespeariana. De manera similar sucederá con la “Nuda veritas” de Gustav Klimt, al fundirse en una Eva-Ofelia, en el poema de titulado “Eva Azul”; en el caso de la “Dánae” del mismo Klimt con el poema “Leda o las muertes del cisne”;  o bien, “El abrazo” de Egon Schiele con “Francesca”.

    Después de lo dicho está claro que la poética de Dríades tiene un fuerte arraigo en la tradición, tanto literaria como plástica: arraigan aquí los citados Edvard Munch, Gustav  Klimt y Egon Schiele, a quienes se suman Oskar Kokoschka, Rembrandt van Rijn y Antonio Allegri da Correggio, entre los pintores; y en lo que a escritores se refiere, se  hacen presentes en varios niveles de intertextualidad, desde la Biblia, concretamente el Génesis y el Evangelio de Mateo, hasta Albert Camus, Arthur Rimbaud, E. E. Cummings, James Joyce, Paul Claudel, Fernando Pessoa y su heterónimo Álvaro de Campos, Connolly, T. S. Eliot, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Enrique González Martínez, Octavio Paz y Pedro Salinas, sin olvidar a Homero, Virgilio y los trágicos griegos, y algún lúcido teórico como Gaston Bachelard. Una urdimbre de referencias que bajo la voluntad poética de Preciado encuentran en este volumen aguas propicias. 

    El primer texto del  libro es el ensayo titulado “Ofelia y el agua” que, contrario a lo que pudiera parecer, no es un prólogo, sino que forma ya parte del logos, pues incorpora conceptos que colaborarán a dar sentido durante la posterior aparición de los poemas; pero no sólo es un antecedente conceptual del libro, es también el punto de partida de un cuidado y bien pensado ejercicio del lenguaje que caracteriza el cuerpo de Dríades. 

María Cristina Preciado nos guía a lo largo de este volumen, arrojándonos en el camino, a nuestro paso, una serie de ideas que no quiero dejar de enunciar: el agua como origen y fin, vinculado con la maternidad y la pasión amorosa, el amor y el desamor desde luego, voy a detenerme en algo de ellos: por ejemplo, la poeta destila que “En el principio fue el agua”, el infinito paraíso prenatal, y que la verdadera tragedia no es la expulsión edénica sino la del vientre materno, que es cuando en verdad empezamos a ser huérfanos, la orfandad, esa manifestación de vacío que buscamos aliviar con el llanto, apátridas como somos desde la  abolición del agua. De ahí “el placentero abandono del cuerpo después del baño”. Según nuestra poeta, tras perder el agua uterina aparece la sed, y la nostalgia se alimenta también de recuerdos infantiles acuáticos, desde el gusto de los lavabos, tinas, pilas, baldes, la lluvia oblicua de los aspersores y la “carne azul de las albercas”.

Preciado nos muestra, en “Eva Azul”, la presencia de la muerte en el origen, una mujer que está y no está, que es y no es más, la muerta por agua, y que representa, además, el origen del agua amniótica. En “Leda o las muertes del cisne” hay un tono de necesidad violenta, de iniciativa necesaria en el ejercicio amoroso: “Voy a ser la que irrumpe con una vocación / que te contiene y te derrama”. La Leda/Dánae, se revierte, se libera de la sumisión (tradicional del tema), la voz femenina es una explosión de energía contenida durante siglos, es “La convulsa afirmación de las bestias / la borrasca confabulada de los cuerpos / las rendiciones de la carne hecha carne”. Destaca el recurso para enfatizar la construcción de imágenes a partir de animales: “La violencia fundamental de los salmones / el ave retenida que aletea junto a otra / el urgente vuelo de animal herido.”

    “Francesca” es un himno al deseo; el poema resulta más que entrañable, los amantes que en el infierno dantesco reciben el castigo de repetir el instante del enamoramiento, repetir eternamente la deliciosa falta. Borges los refiere en “Los justos” como “Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.” 

“Edith y los girasoles” muestra la otra cara, la de la crisis amorosa, la de “Tu estación violenta / donde no sé qué ternuras esquivas desatan en tu mirada / el mosto amargo y dulce de la vid”. “Desde esta estatura ásperamente humana / he acaecido en el gozo y la miseria / y mis ojos, abrasados por ya tantos soles marchitos”. Dríades juega, por su parte, con el tópico de la pareja que junta se aleja de la ruina, de la destrucción, del infierno, a la que le está prohibido mirar atrás, pero que en esta ocasión es la voz femenina la que protagoniza, ya no se trata de la mujer de Lot o de la Eurídice de Orfeo, sino de la “Dríade” en ruinas que le indica a su pareja: “Vuelve el rostro por encima de tu hombro / y verás la cifra de la ruina / Una mano agostada toda mueca…” 

    Dríades se alza en una postura poética que oscila entre la búsqueda de una tradición, en una pretensión evidente de la forma, de la expresión de la forma como dignidad del lenguaje, pero a la vez se ancla en esa tradición de los escritores que hacen de su experiencia vital una oportunidad para descender a los infiernos de la naturaleza humana para salir después a la luminosidad que hereda la travesía.

(Texto publicado en Letra Sur. Ejercicios de periodismo cultural de Ricardo Sigala, Porrúa Print,2014)