Velázquez, Dante Alejandro (2009). La tentación. Guadalajara: Ediciones Papalotzi / Acento Editores

Cuando tenemos ante nosotros un libro de cuentos pedimos que sean narraciones fuertes, en cuya atractiva brevedad se muestre la contundencia. Los asuntos que se tratan son punto y aparte, no tienen que ser necesariamente agradables, pero sí seductores, igual o más que los personajes de las tramas, hombres medios en los cuales podemos reconocernos, haciendo nuestras sus peripecias, sus reflexiones, tal como lo sugiere la técnica.

Dante Alejandro Velázquez publica un volumen de cuentos llamado La tentación, en donde reúne historias con pasiones encontradas, suscitadoras de sentimientos descarnados, donde los laberintos de la conciencia ajena son recorridos con avidez y hasta cierta ferocidad. De entre los cuentos reunidos unos nos provocan repulsión hacia lo narrado, otros simpatía creciente ante el personaje y la mayoría, curiosidad insana en torno a los hechos secretos que están develándose.

La vida íntima se muestra abierta a la mirada del lector convertido en espectador, porque los decorados de cada una de las piezas se caracterizan a la medida de lo que habrá de contarse. El tema sexual predomina, revestido de un cierto humor negro que orilla a los hombres con filiaciones extrañas a llevar a su pareja romántica hasta la muerte. El asesinato es el efecto límite para apaciguar los deseos carnales, acto que dota de máximo placer al cuerpo que se desmantela sobre otro. La muerte toca más de la mitad de los relatos: sexo y muerte como ingredientes del acto erótico. Los personajes femeninos, aunque degradados, son dulces e ingenuamente tristes, una niña que no quiere vivir y finge que ha muerto, una muchacha suicida, una prostituta regenerada. Las víctimas son ellas, aunque engañen.

Mención aparte merecen los dos cuentos que cierran el volumen, donde descubrimos a un Dante Alejandro novelista, capaz de introducirse en los vericuetos del alma y la razón humanas para hacernos saber de la vida y desventuras de Fray Alejandro de Arce, un personaje que describe con profundidad psicológica, analizando para su bien y para su mal el hecho de que el religioso se enamore de una joven vendedora de frutas. La construcción del entorno en la historia es de una precisión cinematográfica, así como la temporalidad. La historia de Fray Alejandro es totalmente verosímil, porque el ambiente en que se mueve es de claustro y confesionario. La inserción del diálogo provoca que nos sintamos testigos de una historia de amor prohibida, que finaliza en separación.

Un segundo relato acerca de Fray Alejandro renueva la ilusión de que estamos frente a una historia verdadera, que quisiéramos seguir leyendo, episodio novelado tras episodio, pero el libro termina con la biografía sintetizada del fraile, de quien no conocemos el destino final, porque los datos de la ficción y la Historia se entremezclan, porque quizá es pura invención, imaginería pura que sin embargo nos traslada a otros siglos, a otra estética, a un plano que vuelve a cobrar realidad cada vez que pasamos nuestros ojos por esos cuentos tan a la altura de un excelente narrador.

(Silvia Quezada)