Salazar, J. L. (2020). Letanías de amor y muerte. Parte I. San Bernardino: Ediciones LeArte.

Entre evocaciones de leyendas, una protagonista adolescente y un ambiente colonial, la primera parte en la bilogía Letanías de amor y muerte, de título homónimo, retoma un principio popular de las novelas juveniles publicadas en el último par de décadas: un romance sobrenatural el cual, al dirigirse a un público joven, utiliza un argumento que a veces peca de ingenuo y estereotípico, pero que no carece del humor que inevitablemente brinda adentrarse en la perspectiva de una adolescente que, por naturaleza, es rebelde, torpe a menudo y perspicaz en su percepción del mundo que la rodea.

La novela del autor originario de Zapotlán el Grande se desarrolla en las postrimerías de la Independencia Mexicana, en la ciudad colonial de Guanajuato, cuya forma de vida es descrita a través de los ojos de la protagonista, Anabella. Esta descripción a veces funciona meramente a manera de ambientación y otras se percibe como una sutil divulgación histórica, lo cual no es extraño, pues el autor en más de una ocasión ha externado su deseo de promover la lectura por medio de sus obras; de esta forma, los jóvenes se aproximan a la Colonia más allá de una fecha y pueden contemplar retazos de la época, añadiéndose a esto un curioso lenguaje que oscila entre vocabulario de este periodo y un habla coloquial inventada que recuerda a la actual.

La trama se desarrolla en buena parte a causa de la imprudencia de Anabella, quien actúa por impulso, por sentimiento, y que a veces llega a desesperar, pues parece nunca entender su rol inevitable como protagonista de novela juvenil: las circunstancias se enredarán gradualmente, haciéndola sufrir cada vez más, y aún así no deja de tomar decisiones “palurdas”, para ponerlo en sus términos. 

No por eso se puede negar que tratamos con una muchacha inteligente: sus observaciones ingeniosas no solamente son en ocasiones sumamente graciosas, sino que son comentarios los cuales retan comportamientos sociales que siguen teniendo vigencia, aunque haya reducido su obviedad: la hipocresía religiosa, la doble moral, la opresión en el papel de la mujer y la violencia que ejerce tiránicamente el poderoso.

Ahora bien, en lo que respecta al carácter de la obra, como ya se ha repetido en un par de ocasiones, quizás con el afán de disculpar la sencillez de la pluma y el dramatismo de los personajes, nos encontramos ante una novela juvenil, y las formas de tal género son evidentes, incluso hablando de un arco argumentativo muy específico del romance paranormal: dos amantes que se reencuentran en otra vida y enfrentan peligrosos obstáculos por medio de fuerzas oscuras. Además, se podrían identificar rasgos del cuento fantástico, específicamente en la protagonista, que puede compararse con Cenicienta por su papel de hijastra.

No obstante, más allá de tales semejanzas, se puede descubrir en la novela de este joven escritor una aproximación original, pues la localización en Guanajuato aporta un ambiente propio de superstición y conexión natural con leyendas; aquí los demonios y brujas son tan creíbles como los nahuales y las ánimas. No se puede negar, además, el valor que se requiere para publicar terror en México, y las criaturas, la pasión y lo sanguinolento hacen su aparición sin temor en esta historia que esperemos haga persistir a la incursión del horror en la literatura nacional que durante tanto ha aparecido dudoso, casi camuflajeándose.

(Mariana Montserrat Gutiérrez Raygoza)