Medina, Rafael. Los evangelios de la rabia. Guadalajara: Paraíso Perdido, 2015.

Para abordar el libro Los evangelios de la rabia de Rafael Medina, es necesario llevar a cabo un muy breve repaso relacionado con el título del volumen de cuentos. Apenas dos párrafos para entrar en materia. Ruego su benevolencia:La palabra evangelio significa buena nueva. Se refiere a la vida de Jesús en la Tierra, contada por alguno de sus discípulos: San Mateo, San Marcos, San Lucas y/o San Juan. La existencia de contradicciones en las versiones ha llevado a la idea de que estas historias fueran escritas muchos años después de la existencia terrena de los evangelistas, quienes dieron fe oral de sus vivencias, pero difícilmente pudieron escribir dichas versiones, dado que, en su tiempo, eran muy pocos quienes sabían escribir. Un apunte que puede corroborar esta aseveración tiene que ver con Mateo, quien se dedicaba a ser recaudador de impuestos.

Además de los cuatro evangelios autorizados por la iglesia católica presentes en el Nuevo Testamento, existen los evangelios apócrifos, llamados así por la censura de la misma institución. Como los primeros, son de autores desconocidos, pero a diferencia de éstos, fueron descalificados por la ambigüedad con las que son tratados los temas referentes a la fe, a pesar de que fueron atribuidos a los otros apóstoles, o hasta autoras como María o Magdalena.

Dichas las palabras anteriores, estamos listos para comentar el libro que hoy nos ocupa, un volumen de cuentos aparecido en el siglo XXI, con cerca de dos mil años de diferencia de la existencia de los otros evangelios. La diferencia sustantiva, es que Jesús y María, protagonistas centrales de los testimonios conocidos han pasado a ser personajes secundarios de las historias fabuladas por un nuevo evangelista, médico psiquiatra de profesión.

El tipo de narrador

Comencemos hablando del eje de la narración de los Evangelios de la rabia, es decir, del tipo de narrador. En este caso todos los relatos se encuentran escritos en primera persona, aunque cambien las voces de los protagonistas. Sin embargo, cuando el lector llega al relato final, el número 12, el narrador se identifica como un médico psiquiatra, “un pinchi psiquiatra que soy, dañado, jodido” (75). Este recurso del autor facilita la verosimilitud de las historias que se cuentan, puesto que el autor del libro es un psiquiatra también.

El uso de la primera persona, por su naturaleza, nos acerca al tono del diario, del testimonio, de la epístola, del monólogo, razón que nos lleva a imaginar que quien narra la historia no sólo fue testigo, sino parte de las acciones que se narran. El lector, por consecuencia, se convierte en oidor, en cómplice, en testigo de lo narrado. La ilusión de que es el autor quien está contado lo que escucha y vive en su vida profesional está viva.

El discurso

En los doce cuentos que conforman los Evangelios de la rabia aparecen términos médicos. Algunos son frecuentes, quemaduras, desnutrición, traumatismo, pero otros no son tan populares para cualquiera, como el sustantivo genopatía, por nombrar alguno. Las expresiones propias de un consultorio, una clínica y un hospital no dejan lugar a dudas de que se está hablando de resignados sufrientes de alguna enfermedad mental. Al lado del discurso médico, se erige el religioso, por supuesto, hay crucificado, virgen, mártir, profeta. En medio de estos dos discursos sobresale el de la resignación: hay un automovilista que tiene que resignarse ante el saltimbanqui que detiene el tráfico todas las mañanas, un padre que se resigna ante los estigmas de su pequeña hija señalada por la mano de dios, “Dios quiera que sea así” afirma el testigo del dios niño que se solaza al vengarse de sus semejantes para demostrar sus poderes.

Las historias

Jesucristo es el personaje de dos de las mejores historias del libro. Una se llama “Jesús Niño”, en ella se muestra a un Jesusito rencoroso y destructor. El texto recoge de alguna manera el Evangelio de Tomás, quien narra los milagros del Dios Niño, presentándolo como un ser rencoroso ante los fariseos. Su sabiduría es tal que no admite réplica de ninguna especie, y termina matando a todos quienes se oponen a su paso. La otra narración presenta a Jesús crucificado. Pero se trata de un hombre que trabaja en los cruceros, y en el breve intervalo de la luz roja monta su cruz, se hace golpear, clavar, sangrar, todo con el parpadeo de un semáforo.

El texto de mayor impacto para quien esto escribe lleva por título “El acoso” y tiene como personaje central a una mujer perseguida por la aparición de la virgen María, la madre celestial que le pide sea intermediaria de una “misión” a la que la joven se niega. Entonces sobreviene una desgracia tras la otra, incluyendo la muerte de los tres hijos de la joven, quien culpa a María, escondiéndose de ella al máximo, retándola. Esta historia hace que nos enlacemos al papel de las mujeres en los relatos del libro, presentadas como pecadoras, suicidas, prostitutas, rencorosas, mulas, ingratas. Ni una sola se salva. Mucho menos la virgen María.

El tiempo, la estructura

La originalidad de los Evangelios de la rabia se asienta, no sólo en la originalidad de los temas, sino en el tratamiento del tiempo. Jesús y María han sido colocados en el siglo XXI, dentro del caos del tráfico vehicular, de los chats por Internet, de las instituciones de salud modernas. Los símbolos antiguos se enfrentan a una actualidad que ya no los contiene del todo, que ignora muchas de sus especificaciones divinas. Jesús y María son humanizados y son incomprensibles para los hombres de ciencia, para los médicos psiquiatras que creen escuchar discursos inverosímiles, disociados de la razón. 

Terminemos diciendo que el narrador estructura su pensamiento con oraciones cortas, sucesivas, telegráficas. Como si estuviera escribiendo una receta contundente, sabedora de los resultados que cada una de sus palabras provocará en el lector. Su brevedad nos recuerda el estilo de Ernest Hemingway en su famoso microcuento: “Vendo zapatos nuevos de bebé: nunca usados”. 

(Silvia Quezada)