La aparición de un cuentista como Hiram Ruvalcaba en el panorama de la literatura mexicana actual es un acontecimiento: pocas veces nos encontramos ante un narrador que desde sus textos iniciales muestre un dominio del lenguaje y de la técnica tan preciso, cerebral, y a la vez tan enfocado a exponer las pasiones humanas y sus consecuencias en los individuos que las padecen.
Si hubiera que escoger una sola palabra para definir sus relatos, esa palabra sería tensión. Tensión en la mujer que va en busca de la amante de su marido para acabar con el tormento de los celos, en el padre de un niño agonizante que acude a quien una vez fue su amigo por un préstamo para comprar el remedio que le salvará la vida, en el migrante que luego de ser deportado del norte se encuentra con que la migra mexicana lo quiere enviar a Centroamérica, en el hombre maduro que se debate entre la lujuria y la culpa de estar en la cama con una adolescente, en el sicario herido que no sabe si vive en el presente o cien años antes, en lo habitantes de un pueblo donde una camioneta misteriosa ha abandonado doce cabezas humanas.
Cuentos redondos, violentos, en los que la violencia no es sólo física sino también espiritual, donde los personajes entran en conflicto consigo mismos, con sus deseos, sus culpas y debilidades, y arrastran en su desesperación al lector, quien atónito se contempla en ellos como en un espejo que, al devolverle una imagen distinta de la habitual, no hace sino señalar sus propias zonas oscuras.

(Eduardo Antonio Parra)