Sigala, Ricardo (2018). Domar quimeras. México: Universidad de Guadalajara/ Centro Universitario de los Lagos.




Lo ideal sería escribir algo sobre Ricardo Sigala, volver palabras una o dos experiencias personales. Pero, a decir verdad, no lo puedo hacer del modo que quiero porque simplemente no sé cómo. Así que no contaré cuando lo conocí, hace ya muchos años, o dónde, es decir, en la coordinación de Letras Hispánicas del CUSur. Él era coordinador de la carrera, aunque más que coordinador, cuando lo vi me pareció un hombre que llevaba cargando su nombre como 40 años, con el cabello algo largo, el bigote algo espeso y los ojos algo profundos, lo suficiente como para intuir la infinidad de obras que habían caído al fondo de esa mirada. En cambio, no voy a decir cómo yo era, un entonces joven en desgracia que quería estudiar Letras Hispánicas, sin dinero, sin los pies en la tierra, pero eso sí, bien vestido ese día, el día en que lo conocí, recuerdo, con una playera donde estaba estampada la fúnebre cara de Edgar Allan Poe que servía, a su vez, para esconder debajo algo que latía por la literatura, un corazón delator. No tengo palabras para decir que en cuanto me vio o, mejor dicho, en cuanto vio a Poe, Sigala medio sonrió. O, dicho de otro modo, no tengo palabras para nombrar esa media sonrisa. Muchos la han visto y eso debería ser suficiente, pero no lo es, porque esa media sonrisa no era la que normalmente le medio estira la cara, era una media sonrisa misteriosa, llena de complicidad.

Tampoco podré narrar sobre la primera vez que, creo yo, leí uno de sus poemas. Fue en su taller de poesía. Él mismo lo presentó, pero sin ir acompañado de su nombre ni el de nadie. Cosa rara porque hasta el momento todos los poemas que habíamos leído o estudiado iban acompañados, por ejemplo, con una firma de Roberto Juarroz, Gonzalo Rojas, o Nicanor Parra. Pero ese poema estaba huérfano, no sé si alguien más lo notó. Lo que sí sé, pero tampoco pienso decir es que, al terminar tal clase, entre yéndome y llenándome la lengua de dudas, le pregunté no de quién era el poema, sino, más bien, si ese poema era suyo. Sigala, sin decirme sí o no, otra vez escribió una media sonrisa en su rostro. Una mitad de sonrisa para la realidad, otra para la ficción.

Desde entonces y hasta que leí y releí Domar quimeras, tengo la impresión de que en Sigala hay tanta realidad como literatura, una identidad que se desdobla una y otra vez. Y es que en los poemas de este libro, Sigala no es él, es la otra parte de esa media sonrisa, la parte oculta, un yo que es otro y otro y otro, todos cobijados por el mismo nombre, el suyo, ejerciendo un oficio que ya no es de maestro o de coordinador o de tallerista o de qué sé yo, se trata del extraño oficio de domar quimeras: alguien que azota su lengua como látigo de aire para someter esa ilusión que aparenta ser domable, esa cabeza de león cola de dragón cuerpo de cabra salvaje que aparece desapareciendo en cada noche blanca, en cada hoja que florece como crepúsculo.

En sí, Domar quimeras se divide en tres partes. En la primera, quien eche a rodar los ojos por las páginas encontrará un indómito erotismo que fluye, que se lee natural, con vestigios de carne enamorada, cuerpos que se reconocen como recuerdos, esa forma absurda de la ausencia; palabras que dicen y esconden amor o soledad o esa distancia insalvable que es el concepto de la soledad y el amor: conceptos que al explicarlos se vuelven sombras de fantasmas; además, hay paisajes y pasajes de viajes largos y cotidianos, evocaciones a la vida, al día a día, desde la mañana, cada mañana, hasta la noche eterna.

En la segunda parte se intuye la presencia de Salvador Dalí y la persistencia de la memoria, los relojes que se derriten, el tiempo que todo lo que toca lo corrompe.
Asimismo, se aborda el mito de Orfeo, pero desde la perspectiva de la pérdida, de la desdicha que petrifica las malditas virtudes para darle forma a lo que queda después de cada tragedia: las sombras, las sobras y el vacío.

Y, por último, en la tercera parte están los combates interiores que conforman la escritura, batallas de vida y de por vida, pero dicho no como yo lo digo sino, vamos, de forma poética, justo así: Y como no sé mirar / me paso la vida / arrancándome las carnes / en la imposibilidad constante / de querer nombrar el mundo. Y no toda esta imposibilidad surge en torno a la escritura, sino, podría decirse, a los intentos de comunicación que no dicen lo que, en sí, se entiende por cosas como el amor, la religión, la debacle del ser. Aquí se aborda la fe del desdichado, el abismo que nos llama como la tentación menor de la carne, la aceptación de la derrota y lo perdido; y, finalmente, esta tercera parte y el poemario en sí termina con lo que fue la infancia, la cual visualizamos detrás de nosotros, dejándola atrás como si acaso fuéramos en un viaje por carretera, pisando cada vez más fuerte el acelerador, hasta que perdemos el rumbo, el mundo, y sólo somos capaces de ver la imagen distorsionada que proyecta el retrovisor, la vida que vamos dejando.

Ahora no, no podré decirles del modo que quiero, las virtudes de los poemas de Sigala: el sentido rítmico que tienen, los fraseos, las reiteraciones, sí, las reiteraciones, las palabras que te bailan pegaditas al oído, poemas que crecen en voz alta, herencia de un gran gusto musical, con ritmos que bien nos pueden recordar a Bob Dylan, Andrés Calamaro o los Maderos de san Juan de Dios. O, por ejemplo, su uso de otros recursos poéticos que no se agotan, adjetivos bien puestos y dispuestos y, en resumen, una escritura que fluye como agua para amansar la sed infinita del lector.


Al leer esta confesión de oficio, tampoco les diré que vi ahí, entre líneas, a diversos Ricardo Sigala: uno, guiñándome uno de los ojos ciegos de Jorge Luis Borges; a otro mostrándome una máscara con el rostro verdadero de Fernando Pessoa; a uno más, arrojándome intertextos de Eliseo Diego; y a otro alzando cantos con el perfil de Dante Alighieri o de Bruce Springsteen. Y es que cuando uno lee cualquier texto de Sigala, se reconocen o se intuyen o se disfrutan diferentes textos y obras y autores dentro del mismo, diversos niveles de lectura, como si su escritura cargara consigo una biblioteca fantasma.

Ahora bien, sé que no he dicho nada de lo que en verdad quería decir. No puedo. Parece que sí, pero no. Con este texto me pasa o me traspasa lo que se aborda en sus poemas: soy consciente de que las palabras no pueden correr bellas, puras y desnudas por estas líneas tal como lo hacían en los jardines de mi cabeza. Pero, al menos, por domar quimeras, reconozco la distancia que hay entre la palabra y aquello que nombra, una distancia que ni montado sobre Pegaso se puede recorrer. Cada quien es su propia quimera. Lo que sí puedo decir es que esta obra está hecha a prueba de cualquier desastre; se trata, tal como él mismo lo expresa, de una escritura que se deja acariciar por tempestades.

Por Alejandro von Düben


(Publicado originalmente en Diario El Volcán, Ciudad Guzmán, Jalisco, martes 3 de diciembre de 2019)