Vallín, Carlos (2016). Soy un enorme cerdo, llévenme al matadero. Guadalajara: Editorial Caronte

Cuando nos enfrentamos al matadero que nos propone el poeta Carlos Vallín, quien se asume desde el inicio como un colibrí – ave que nos remite, por antonomasia a la poesía – nos acercamos hacia una ventana en donde somos testigos de un crepúsculo astral y vemos, al mismo tiempo, cómo se aleja su otro yo para adentrarse en un motel de color tenue. Pero este motel será habitado por un ser de luz que es al mismo tiempo madrugada, y que en su existencia ha sido secado y podrido por el mismo ave de vuelo ligero.

El Yo poético nos recuerda todo el universo que contiene el líquido ámbar del cuerpo femenino al decir “Beber / el néctar / de tu vulva de mandarina / me ha dado la sabiduría / de todos los filósofos de la humanidad” y en este reconocerse como sabio es el mismo coito de la sabiduría del cuerpo que se posee. Hace pausas, pausas para entrar y perderse en sábanas, en coitos que han sido bendecidos: el erotismo llevado a un extremo parecido al matadero, si concebimos matar como el acto sexual. Y en ese verter de palabras, los poemas son cortos como pequeños orgasmos o como toques eléctricos, el poeta-colibrí sabe que el corazón no está en una sola musa pero sí en un solo sitio: en ese matadero interno, en ese paraíso de cianuro y de flores, de colibríes y de sexo. Las musas ya no son musas. El amor ya no es amor, sino un reclamo hacia la fe católica, un cuestionamiento hacia un Dios que permite que el Otro finja y nos destroce el corazón. Encontramos una voz omnipresente que da la orden de partirle el alma a quien se enamore o, quizá, habla de esas justificaciones que se dan en este matadero que es la vida. Y entonces el suicidio: o de esos momentos en donde nos decidimos entregarnos al amor. ¿No es el amor otra forma de morirnos de manera dolorosa? Hablar desde la afasia porque el olvido lo dice todo. El amor prematuro y abortado. Ese trastorno del lenguaje que termina siendo poesía. O ese amor que termina siendo gangrena: una mentira que queremos escuchar para sentirnos amados aunque eso nos cueste ir a parar a una máquina para hacer embutidos y seamos torturados por ella ¿O no es esto la vida misma y el amor? ¿Una máquina que tortura? ¿Algo que nos taladra el nombre de una persona que finge? Hay pausas en donde el corazón se convierte en un condón sin usar o en semen disecado. El poeta se asume, también, como un cerdo, esos animales domésticos que generalmente se matan para alimentar al Otro, por eso el poeta-colibrí-cerdo le vende su alma al demonio para que Ella vuelva, pero al igual que Dios, el demonio tampoco existe: Ella no vuelve y, nos recuerda, Dios es el único culpable de dañar, o deberíamos acaso saber que hay cosas que es mejor no conocer y que dentro exploten como orgasmo de cerdo chillando el nombre de quien se ha ido.

Dentro del matadero el mar Egeo se yergue con sus ninfas húmedas del sexo, ninfas que tienen por lenguas “cuevas desnudas” vaginas que asumen un cuerpo geográfico porque el poeta la habita, la hace su nido prometido. Y como contraste un espantapájaros andando por una calle con olor a erotismo viejo, mimos que se esconden, que – tal vez – ya no son. Ha dejado de creer. El poeta se masturba mientras grita el nombre de la amada. Frente a él paisajes de tacones, de mujeres en esquinas baratas, de medias que visten los domingos. Satana aparece en medio de los fotomatones, de la opacidad del rostro del cerdo, pero también desparece y en su búsqueda reconocer que no se burla de los corazones, por eso hemos de besar su tanga mugrienta. El matadero también podría ser cualquier bar de ficheras en donde la cerveza incluye que una de ellas se pose en tu entrepierna, y es que el cerdo también sabe esperar, espera fuera del trabajo de Ella solo para rayar la lámina de un coche “dejando arrugas profundas como besos”.

En la segunda parte del libro “La holística del cerdo”, el poeta continua en un matadero que traslada y la fe es algo que sigue cuestionándose, algo que no se ha perdido porque no la tiene. Lo que tiene, el poeta, es miedo y lo asume: “Tengo miedo de salir de casa a una jungla de asaltantes / cobardes que se escudan en cuchillos y pistolas / tengo miedo que me asesinen por robarme / 100 malditos pesos y un méndigo teléfono” pero también trae a la memoria esos recuerdos de infancia, los retratos de niños desnutridos y mujeres que se operan y se deforman por el botox. 

El poeta se cuestiona acerca de la adolescencia, la define como “cuadernos escupidos / sudor en las axilas / mochilas robadas”. En el matadero también hay domingos que son propios de los pueblos, vemos pasar a mujeres embarazadas y ancianas y podemos también ver una lectura de tarot y café. “En los hospitales mentales / rotos de la mente pero más bien rotos del corazón / rotos de una sociedad podrida y metalizada”.

El matadero podría ser ese hospital mental y dentro todos los personajes que le dan cuerda, que tienen por techo un cielo de metal y hay mandriles, hay un Charles Manson y un valle de cadáveres. Pero este valle es, acaso, nuestra misma ciudad: este matadero que a veces también es interno.

Hay cuestionamientos sociales, feministas que gritan “arriba la vulva, me la pelan todos” y libros de texto que prometen guardar algo de los bosques y las selvas cuando ya no exista ninguna. Todo se extingue. De alguna manera lo dice el poeta.

En “Las letanías del cerdo”, el poeta se asume como un enorme cerdo. Pide que lo lleven a comer mierda porque tendrá un mejor sabor. Y entonces canta “La poesía es una fiera en desaparición / no, una fiera extinta mejor dicho”.

La noche ya no es un sitio seguro para reposar. Lo ha dicho “Ya no hay tinieblas / dónde ocultarse / de la claridad traicionera” y en esta oscuridad también la poesía es condenada “poesía puta perra barata” y se la lleva a un motel porque la ama…y cree en el cerdo, el poeta cree en el cerdo “que procede de ácidos y circos”.

Porque ¿qué otra cosa puede ser el amor, sino algo que procede de ácidos y circos?

Amén.

(Leticia Cortés)