Gutiérrez, Adalberto (2004). Un suave olor a olvido. Guadalajara: Seminario de Cultura Mexicana

El cuento psicológico en Jalisco es poco frecuente. En este tipo de narraciones importa la reflexión provocada por el asunto tratado antes que el suceso. El pensamiento predomina, como es lógico, sobre las acciones, la atmósfera pasa desapercibida y es el discurrir de las ideas la causa de una identificación o rechazo con el narrador, quien domina la historia que cuenta y hasta parece que entrara a la cabeza de los protagonistas.

Los conflictos de los cuentos del escritor Adalberto Gutiérrez en el libro Un suave olor a olvido se caracterizan por mostrarnos el modo de pensar de los personajes del campo en México. Aunque los datos del entorno son mínimos, los conflictos por la tierra, las clases sociales y la idiosincrasia se revelan.

Los temas universales del amor, el desamor y la muerte dibujan sus orillas a través de tipos literarios que se exponen a la mirada desde lo más íntimo de sus comportamientos, no tanto para ser juzgados, sino comprendidos.

Adalberto Gutiérrez es un narrador de atmósferas personales. Los protagonistas de sus novelas y relatos son individuos rurales, en cuya ideología aparecen los asuntos de la tierra, el apego a la identidad y los lazos de familia. Sus textos pertenecen al más puro realismo, aunque en algunos párrafos poetiza el hálito de lo imaginario. Le interesa mostrar el rostro de la injusticia, del poder, contrapuesto a la resignación y al escape de los tocados por la mala fortuna.

En Un suave olor a olvido, Adalberto Gutiérrez entrega tres cuentos donde los hombres han perdido una parte de sí mismos: Alfonso Rivera el sueño, Cayetano Guzmán la vida y Felipe Cruz a la mujer amada. Desgastes irreparables, transformadores de los hechos por venir.

La última pieza narrativa es singular, ya que aborda el casamiento del joven Felipe ataviado con un vestido de novia. En esa boda no hay una mujer, sino un traje blanco y bordado, cubierto con listones de organza, como suelen ser los atavíos nupciales. La funesta unión entre ese hombre y un vestido ocurre después que la dama lo regresa envuelto primorosamente, cuando todo parecía indicar que aquel amor era fruto almibarado. El novio transcurre la noche ofuscado y lloroso, pero al día siguiente decide llevar a cabo el casamiento, y acude ante el altar acompañado del vestido, amenazando al cura para dar por efectiva aquella unión descabellada.

El final de una buena trama, como ésta, no se platica, pero habla no sólo de una buena anécdota, sino de un convincente tratamiento, y a la vez, de la facilidad discursiva con la que se enfrenta una tragicomedia de esta naturaleza, tan atractiva para el lector interesado en la condición humana.

(Silvia Quezada)